4 jun. 2017

EL TRIENIO LIBERAL (IV)

En mayo de 1822 el gobierno había dominado a los exaltados de las Cortes, pese a componer éstos más de las dos terceras partes del cuerpo entero.  Los radicales, poco unidos, se obstinaban en responsabilizar al gobierno de una acción poco eficaz frente a la amenaza contrarrevolucionaria.  El gabinete no se dejó llevar por este empuje democrático para que radicalizara sus posturas, y estaba tratando de una revisión constitucional fundamentada en el orden.  Pero estas esperanzas -tenían razón los radicales- se vieron frustradas por las intrigas del rey.
Los absolutistas presionan en las provincias fronterizas de Francia y surgen partidas realistas, sostenidas con dinero del rey y amparadas por las autoridades francesas.  La agitación y os nuevos movimientos se sucedían en cadena; el 30 de junio, en la clausura de las Cortes, se produjo un incidente entre la multitud constitucional y la Guardia Real absolutista.  Las riñas culminaron con el "martirio" del oficial liberal Landaburu, en su intento por contener a sus hombres para que no dispararan contra el pueblo.  Fue desobedecido, perseguido y rematado por los granaderos de su mando.  La Guardia, reducto contrarrevolucionario, no acata la disciplina, se niega a marchar al son del himno de Riego y cuatro batallones desertan, yéndose a El Pardo, mientras otros dos quedaban en el Palacio Real. El 7 de junio los batallones de El Pardo marcharon sobre Madrid.
El programa de la Guardia era confuso y faltó valor para dar un golpe de Estado; el dirigente de la conspiración era Luis Fernández de Córdoba, partidario, según él, de una constitución conservadora-liberal.
Hay argumentos suficientes para probar la complicidad del rey en el proyecto.  Los conspiradores atribuían a la guarnición la escasez de fuerzas y a la milicia nacional muy débil valor militar.  Estaban tan seguros del triunfo, que tenían dispuestos los caballos en que Fernando VII y su comitiva habían de recorrer la capital para que fuera aclamado rey absoluto por la tropa y el pueblo.
Los constitucionales se habían preparado a tiempo; Riego se había ofrecido a dirigirlos y San Miguel formó el "batallón sagrado".
La Guardia logró llegar hasta la Plaza Mayor, de donde fue rechazada por los milicianos.  Luego se retiró, vencida, a palacio, perseguida por los amenazadores milicianos.  El prestigio de Fernando VII y de los cortesanos quedó seriamente quebrantado.  Los radicales pensaron en eliminarles, pero el Deseado se sometió a lo inevitable.
Martínez de la Rosa, al margen de sus opiniones personales, y aunque había sido fiel al sistema constitucional, se hizo inviable como jefe de gobierno y Fernando VII tuvo que destituirlo, ante la presión de los exaltados.  Los liberales moderados quedaron eclipsados tras los acontecimientos cruciales para la revolución que habían supuesto las jornadas de julio.

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